“Si no me equivoco mal”, como diría el ex-profesor de Gorka, esta noche sale el primer capítulo de American Gods, serie basada en uno de mis libros favoritos de Neil Gaiman, con un pavo que no sé quién es en el papel de Shadow Moon, que no me puedo creer que no estuviera pensado para The Rock.

El libro, como digo, me flipó; a ver qué pollas pasa con la serie, espero que no nos hagan un “Predicata“. La jodienda es, me enteré el otro día, que la van a sacar semana a semana porque va por Starz, aunque para los no americanos salga por Amazon Video, así que terminará a mediados de julio calculo.

Como no me va mucho ver las movidas semana a semana si hay que seguir una trama (tengo una memoria de puta pena y me pierdo SIEMPRE), supongo que veré el primero para tener una idea de qué cojones esperar y luego me la binge-watchearé como un puto cerdo cuando esté entera.

A lo que iba, que, hablando de Neil Gaiman, ayer terminé The Ocean at the End of the Lane, como ya comenté ayer (el disco elegido, por si tenéis curiosidad, fue Below the House de Planning for Burial, bastante mierda).

Resumiendo rápidamente, el libro va de un señor de casi 50 que va al pueblo donde pasó su infancia a un funeral. Repasando y rebuscando un poco por la Hinterweb, diría que en ningún momento se dice ni el puto nombre del protagonista, ni al funeral de quién va, ni el apellido de la familia, ni hostias; pero nadie parece darle importancia, curioso.

Una vez en el pueblo, el protagonista empieza a recordar un movidón que le pasó de crío. El libro va fundamentalmente sobre ese movidón narrado desde el punto de vista de cuando era crío, que marca bastante el tono general y hace que los dos primeros tercios del libro parezcan una especie de ñordo de aventuras para niños (aunque haya metido un par de escenas de desnudos y folleteo en medio bastante cutremente). Por suerte, el último tercio es más el Gaiman que mola y consigue arreglar el libro a base de magia rara como él sabe.

Cuidado, que ahora viene cuando me pongo categórico.

Neil Gaiman maneja tres tonos fundamentales:

  • Épico malrollero: American Gods, todo Sandman, el último tercio de este.
  • Humorista inglés: Good Omens (indistinguible del del amazo de Terry Pratchett), Anansi Boys.
  • Infantiloide: Coraline, Graveyard Book, Fortunately the Milk, los dos primeros tercios de este.

El último, el infantiloide, no me mola mucho, igual porque ya no tengo 8 años, yo qué sé. Aunque qué pollas, yo creo que tampoco me habría gustado de pequeño. Me da la sensación de que es un tono que hace creer a los adultos que es un libro para niños, pero si lo coge un niño se la traería flojísima y le parecería un rollo sin sustancia; que no digo que esté mal, el puto Darkman me libre de dar ninguna importancia al criterio literario de un puto niño, pero veis por dónde voy, ¿no?

El de humorista inglés también me tiene bastante hasta la polla. Es imaginarme a uno de estos cabrones con la piñata hecha polvo leyendo uno de sus chistes mientras bebe una mierda de taza de té diciendo agitado “uh, qué deliciosamente irreverente” y me hierve la puta sangre. Si me tuviera que leer ahora un libro de Douglas Adams es probable que potara en su puta cara con cada ocurrencia inglesa de mierda que soltara. No siempre ha sido así, pero ahora mismo es lo que siento.

El bueno, el épico malrollero, es el que busco siempre en Neilchu y en Alan Moore, por ejemplo. Es el tono que prevalece en todo puto Sandman (incluso la historia esa como china), en todo American Gods, en algunas partes de Anansi Boys (la segunda parte de American Gods, del que según tengo entendido también saldrá algo en la serie) y, por suerte, en el final de The Ocean at the End of the Lane.

Esperad, que la cosa no queda ahí, que sigo haciéndome el listo. Dentro de este tono molón, se suelen jugar con dos conceptos cojonudos:

  • Lo imposible: una vez más, todo American Gods o Sandman son ejemplos constantes de cómo molar manejando ideas putamente imposibles. Aquí Gaiman la caga duro, desgraciadamente; parece un aprendiz cherno de sí mismo.
  • Lo infinito: el experto es joderme con lo infinito es Borges (especial atención en este sentido a los relatos El Inmortal y El Aleph, ambos dentro de El Aleph), pero a Gaiman tampoco se le da nada jodido mal, y un claro ejemplo es el final de este puto libro.

Gaiman admite aquí dibujarse a sí mismo de chaval: un cabrón que se cree aventurero porque lee muchos libros (tócate los cojones, María Dolores) y consigue transportarnos fielmente a lo que entonces importaba, a lo que nos preocupaba de niños.

Me gustó bastante que evitara con sutileza la cutrada de “lo de antes molaba más” en la que tan fácilmente caen todos los nostálgicos con un CI de un dígito y se centrara en lo propio de la infancia, lo que a todos nos es común.

New comic about youth. Tag your coolest friend! www.lunarbaboon.com

A post shared by @lunarbaboon on

Aun así, no conecté con la historia, ni con la mitología que propone al principio (luego la explica un poco mejor y mola bastante), y se me hizo duro. Me parece incluso que está evidentemente desafortunado en algunas de las ideas imposibles que plantea, con lo de huevos que se le dan. Flojo de cojones.

Llegué a plantearme para qué cojones hace la bobada de empezar la historia en el presente si absoluta y putamente todo pasa de crío; típica cagada de película de tarde de Antena 3 que quiere hacerse la guay a golpe de flashback innecesario.

Cuando ya lo veía todo perdido, el “movidón” del que hablo al principio empieza a resolverse y la puta cosa cambia radicalmente. En un par de capítulos absolutamente acojonantes se define un poco más en detalle de qué cojones van las brujas  raras, se presenta la idea borgesiana del océano donde lo sabes puto todo (o donde tienes la sensación de saberlo todo, que es lo que importa) y el libro se vuelve más Gaiman que nunca.

Acaba tranquilo, bonito y encajando todo de puta madre, dejando la sensación de que la turrada del principio ha merecido la mierda.