Girls, la controvertídica serie de HBO sobre unas chicas en Nueva York, ha terminado esta madrugada. Acabo de ver el último capítulo y esto es lo que pienso. Cuidado, que va.

Girls, como digo, retrata la vida de cuatro chicas de veintitantos en Nueva York en un formato de “comedia con mensaje” en media hora que, como sabréis, habitualmente me da bastante por el culo. Esta vez el tono desenfadado, inteligente y el hecho de que estuviera centrada en Brooklyn, que me flipa, pudieron con mi aversión por tomarse el descojono demasiado en serio.

Vi las cinco primeras temporadas del tirón y he ido siguiendo la sexta cada lunes; cosa que, con toda puta probabilidad, ha influido en mi sentir general hacia esta temporada.

Antes de meternos de lleno en la mierda, ¿quiénes hostias son estas chicas?

  • Hannah; interpretada por Lena Dunham, creadora y guionoide principal de la serie; es una escritora llamada a ser “la voz de su generación… o de una generación” a la que sus padres acaban de cortar el puto grifo. Inteligente, despreocupada por lo que no hay que preocuparse y egocéntrica.

  • Marnie, interpretada por Allison Williams, hace medio de pijita snob demasiado volcada en su vida amorosa. Por decirlo eufemísticamente, uno de los personajes con más desarrollo de la serie. Hablando claro, han hecho con su “búsqueda personal de satisfacción” un personaje coñazomente inconsistente.

  • Jessa, interpretada por Jemima Kirke, la puta rara. Una tía interesante, con más calle y seguridad en sí misma que el resto, pero que también tiene sus movidas, expuestas, en mi opinión, con bastante acierto.

  • Shoshanna, interpretada por Zosia Mamet (menudo nombre), la entrañable parda que siempre va un paso por detrás en molonidad. Esta sí presenta un desarrollo interesante y como el puto Darkman manda. Probablemente el personaje más realista (sin ser aburrido) de la puta serie.

Otros personajes importantes:

  • Adam; interpretado por Adam Driver, el nuevo Darth Vader o lo que sea; un original artista mazorcas. Está un poco como una cabra de pura sensatez y fidelidad a sí mismo. Mola la hostia.

  • Ray, interpretado por Alex Karpovsky, el puto listo. Este pobre empezó cayéndome como el culo porque hacía como de judío ocurrente sin brazos que animaba las fiestas con sus putas anécdotas sobre las tajadas de Fitzgerald; pero luego resulta ser griego ortodoxo y un cerdo genuinamente molón.

  • Elijah, interpretado por Andrew Rannells, el arquetípico exnovio gayer. Importante durante gran parte de la serie, pero bastante turrada de tío. Empieza como personaje sensato y acaba convirtiéndose en un cliché ultracansino.

Hay más, pero tengo una puta maleta que hacer y no quiero pasarme toda la mañana buscando GIFs descacharrantes.

(Me acabo de catar de que he puesto un “GIF de presentación” en el que no se le ve la cara al presentado, Ray. Ya sabéis quién es, si no, los buscáis, que tengo prisa.)

En esta última temporada, especialmente la primera mitad, da la sensación de que Lena Dunham ha querido cerrar todos los temas que tenía pensado tratar y se ha ido dejando en el puto tintero. Resulta incluso forzado, apresurado, inconexo (hablo de ti, famoso capítulo del pito de goma).

La cosa se va aligerando en la segunda mitad, aunque ya todo va importando menos. Supongo que esta sensación depende mucho de que fuera viendo cada capítulo según salía y no los binge-watcheara, pero quiero creer que también se debe al coñazo de tema central, del que no voy a hablar por si os lo jodo, pero que todos conocéis si seguís la serie.

Sinceramente, no me ha gustado mucho que la serie acabe tan evidentemente centrada en esto. Parece como antiguo y poco transgresor para Girls. Supongo que no lo estaré leyendo con la profundidad con que Lena Dunham espemierdaraba.

Y así, como quien no quiere la mierda, tras un penúltimo capítulo de “dejar las cosas jodido claras”, con todas las protagonistas involucradas, la serie termina con un capítulo tranquilo, muy cómico pero modesto, sin colofón, hermoso en su sencillez, supongo. Otra bold decision por parte de Dunham.

Pues bien, qué cojones.