Hace unas semanas empecé a ver The Young Pope, del bueno de Sorrentino. Me está gustando bastante, teniendo en cuenta que es de formato largo (para mí, todo lo que está por encima de 30 minutos es formato largo) y en el 90% de las series de este tipo siento que la componente culebronesca se apodera de todo lo demás; Juego de Tronos es en mi cabeza una especie de Agujetas de Color de Rosa con espadas, dragones y un enano que hace chistes mientras se prepara cubatas. Aquí el culebronismo es evidente también, claro, pero los personajes son tan complicados y originales que resulta difícil entender del todo sus motivaciones, así que disfruto dejándome llevar y sorprender mientras Jude Law explica por qué por culpa de Juan Pablo II los demás no pueden echarse pitis en el despacho papal pero él sí.

No diré que no me sintiera ligeramente decepcionado al ver que la serie no iba sobre un bebé que, por circunstancias que se escapan a mi descojono, acabara convirtiéndose en el puto Papa, en plan Rafi, un Rey de Peso meets Mira quién cojones habla, pero podría haber sido peor.

El otro día, mientras la veía, pensé en cómo reaccionarían mis profesores ante semenjante representación de la Iglesia. Como muchos sabréis, fui a un colegio del Opus durante 12 putamente años y tuve mucho tiempo para absorber las conductas y reacciones habituales de los opusitas que lo poblaban. No penséis mal; siempre me trataron muy bien, supongo que porque sacaba buenas notas, y, desde que quedó claro que yo era más de Baphomet que del Pantocrátor, no me dieron mucho la barrila con las bondades y poderes mágicos de Jesús; así que no vengo solo a echar mierda sobre el Opus.

Mi recuerdo de la reacción de los profesores opusianos ante cualquier comentario que se hiciera en clase sobre una noticia o información que involucrara a la Iglesia es de precaución, casi miedo. Daba la sensación de que se quedaban paralizados, como no entendiendo siquiera a nivel gramatical cómo relacionar el concepto “Iglesia” con el contexto que lo rodeaba. Más tarde, al espabilar, pero sin acabar de entender qué cojones pasaba, de qué hostias iba la movida, si lo que se había dicho era bueno o malo, inevitablemente, el profesor nos instaba a dejar de prestar atención a cualquier información que no reflejara una Iglesia imposiblemente solemne, intocable y perfecta, como la que ellos tenían en mente. El opusiano de a pie no rechazaría intelectualmente The Young Pope, sino que lo haría con todo su ser, sin pensarlo, sin querer, porque en su cabeza se han articulado ciertos mecanismos que, sin tener necesariamente un fundamento válido, se han ido fortaleciendo con el tiempo hasta convertirse en los Chuaches de los disparates mentales.

Vuelvo atrás. Hace unos meses/años vi una mierda de película llamada Metalhead sobre una pobre subnormal que, tras el trauma de la muerte de su hermano, se vuelve jeva. No pasa mucho más, se parte de la chorrísima idea de que toda afición por Judas Priest nace de un trauma (porque ¿cómo si no iba nadie a disfrutar con ese ruido infernal?) para desarrollar una braga amateur de drama de superación. ¿Los personajes? Creados con una profundidad y sutileza digna de un gilipollas de tres años. ¿Ritmo? Yo qué sé, normal, ¿qué más da? ¿Fotografía? Pues bien, sin más, con esos paisajes islandeses cualquiera. ¿Interpretaciones? Bueno, flojas pero pasables, no sé.

¿Veis por dónde voy? Casi no entiendo por qué no me gustó, mi pobre cabeza a duras penas consigue sentirse ofendido y aburrido, no veo más allá del topicazo cutréibol y lo rechazo como un bebé que arruga el jepeto ante la cuchara que le ofrece su padre, incapaz de trasladarle que, como diría Jimbo Junior, “este puré de maíz sabe a mierda”.

¿Es el Heavy Metal mi particular Opus Dei? Me cago en los cojones, el peligro del Heavy Metal era esto: no el whisky, no la heroína, no la tendinitis en el puto cuello… PUTO ESTO.